La temporada 2025 confirma que la logística, no el volumen, se ha convertido en el verdadero campo de batalla de la competitividad frutícola chilena
Cámara Aduanera de Chile – Enero 2026
Las cifras de exportación de manzanas de la temporada 2025 cuentan una historia que trasciende los números: 570 mil toneladas exportadas representan un crecimiento modesto del 2% respecto al año anterior, pero detrás de ese incremento marginal se esconde una transformación profunda en cómo Chile está compitiendo en el mercado global de frutas frescas.
La realidad es que el sector frutícola chileno ya no compite principalmente por producir más volumen. Compite por mover eficientemente esa producción hacia mercados cada vez más lejanos, más exigentes y más complejos de servir. Y en ese juego, la logística dejó de ser un costo operativo para convertirse en la verdadera ventaja competitiva.
El mapa se redibuja: menos cerca, más lejos
El cambio más significativo de la temporada 2025 no está en cuánto se exportó, sino hacia dónde. Latinoamérica, históricamente el principal destino por volumen, experimentó una caída interanual. Mientras tanto, Europa, Medio Oriente y Norteamérica registraron crecimientos de dos dígitos.
Este giro geográfico no es una curiosidad estadística. Es un desafío logístico mayúsculo. Exportar a Colombia o Perú implica tránsitos relativamente cortos, transporte terrestre viable y menores riesgos de deterioro. Exportar a Europa o Medio Oriente significa tránsitos de 25 a 40 días, dependencia absoluta del transporte marítimo, control riguroso de la cadena de frío y tolerancia cero a errores en la planificación.
El sector frutícola chileno está, de facto, migrando hacia un modelo de negocio más complejo. Y esa complejidad se traduce directamente en presiones sobre el sistema logístico: más necesidad de contenedores refrigerados en momento preciso, mayor coordinación con navieras, planificación más sofisticada de embarques y, crucialmente, mayor dependencia de infraestructura portuaria eficiente.
El sur crece
La Región del Maule mantiene su posición como corazón productivo de la manzana chilena, concentrando el 64% del volumen exportado. Pero el dato más revelador de 2025 es el crecimiento del 15% en La Araucanía, muy por encima del promedio nacional.
Este desplazamiento productivo hacia el sur tiene implicancias logísticas concretas. Cada kilómetro adicional entre el huerto y el puerto es un kilómetro donde puede romperse la cadena de frío, donde un camión puede sufrir un desperfecto, donde un bloqueo de carretera puede arruinar un embarque completo. La Araucanía está aproximadamente 200 kilómetros más al sur que el Maule. En logística frutícola, esa distancia importa.
Además, este crecimiento sureño ocurre en un contexto donde la infraestructura vial entre el sur y los puertos de la zona central enfrenta desafíos conocidos: tramos en mal estado, puntos críticos de congestión, falta de alternativas de ruta en caso de emergencias. El sector frutícola está expandiéndose hacia zonas que exigen inversiones significativas en conectividad terrestre que aún no están materializadas.
Marítimo o marítimo: no hay alternativa
Con cerca del 80% de las exportaciones moviéndose por vía marítima, el sector de la manzana reafirma lo que ya es una realidad estructural del comercio exterior chileno: somos absolutamente dependientes del transporte oceánico para acceder a mercados internacionales relevantes.
Esta dependencia tiene implicancias directas en múltiples dimensiones. Primero, en la disponibilidad de equipamiento: los contenedores refrigerados (reefers) son un recurso finito y altamente demandado globalmente. Cualquier desajuste en la oferta puede generar cuellos de botella que retrasan embarques completos.
Segundo, en la relación con las navieras. El poder de negociación de los exportadores frutícolas individuales frente a las grandes líneas navieras es limitado. La concentración del mercado marítimo global en pocas compañías significa que tarifas, frecuencias y prioridades de servicio a menudo se definen fuera de Chile.
Tercero, en la infraestructura portuaria. El reciente análisis sobre el Puerto de San Antonio operando al 80% de su capacidad y proyectando saturación entre 2033-2034 no es un problema abstracto para el sector frutícola. Es una amenaza concreta: si los puertos chilenos llegan a sus límites operativos, los exportadores de frutas enfrentarán congestión, demoras y mayores costos precisamente en los momentos críticos de la temporada.
La ventana de exportación no espera
A diferencia de otros productos de exportación que pueden almacenarse o cuyo envío puede posponerse, las frutas frescas tienen ventanas de comercialización estrechas y no negociables. La manzana debe salir cuando está en su punto óptimo de madurez, debe llegar al mercado de destino dentro de rangos específicos de tiempo, y debe hacerlo manteniendo atributos de calidad que son extremadamente sensibles a cualquier quiebre en la cadena de frío.
Esta urgencia temporal convierte cada eslabón de la cadena logística en un punto crítico. Un camión que no llega a tiempo al puerto, un contenedor refrigerado que no está disponible cuando se necesita, un buque que retrasa su zarpe por congestión portuaria: cualquiera de estos eventos puede significar la pérdida de un embarque completo.
Por eso, cuando hablamos del 2% de crecimiento en exportaciones de manzanas, no estamos hablando simplemente de que se produjo más fruta. Estamos hablando de que el sistema logístico completo —desde los huertos del sur hasta los puertos de embarque, desde las navieras hasta los controles sanitarios— logró coordinar exitosamente el movimiento de 570 mil toneladas de producto perecedero hacia docenas de destinos internacionales, manteniendo estándares de calidad que permiten competir en mercados exigentes.
Competitividad que se mide en horas, no en hectáreas
El sector frutícola chileno enfrenta competencia creciente de múltiples orígenes: Sudáfrica, Nueva Zelanda, Argentina, Estados Unidos. Todos estos países producen manzanas de buena calidad. La diferencia competitiva cada vez se define menos en el campo y más en la capacidad de llevar esa fruta al mercado de manera eficiente.
Y aquí Chile enfrenta desventajas geográficas estructurales: estamos en el extremo sur del mundo, lejos de los principales mercados de consumo. Cada exportación chilena implica tránsitos más largos que los de competidores ubicados más cerca de Europa, Norteamérica o Asia. Esta desventaja solo puede compensarse con eficiencia operativa superior.
Esa eficiencia requiere inversiones sostenidas en infraestructura portuaria, carreteras, sistemas de información, tecnologías de frío, capacitación de personal especializado. Requiere coordinación público-privada efectiva. Requiere visión de largo plazo que trascienda ciclos políticos.
La lección de la temporada 2025
Las 570 mil toneladas de manzanas exportadas en 2025 son, en el fondo, un recordatorio de que el éxito comercial de Chile en productos de alto valor agregado depende críticamente de factores que están fuera del control directo de los productores.
Un agricultor puede producir la mejor manzana del mundo, pero si el camión que la transporta se queda atascado en una carretera deficiente, si el puerto de embarque está congestionado, si no hay contenedores refrigerados disponibles, si la naviera decide priorizar otra carga, esa manzana perfecta nunca llegará a su destino en condiciones óptimas.
La temporada 2025 de la manzana chilena es, en última instancia, una historia sobre cómo la logística se convirtió en el factor determinante de competitividad. Y cómo, en ese nuevo escenario, Chile necesita invertir tanto o más en puertos, carreteras y cadenas de frío como lo hace en huertos, variedades y técnicas agrícolas.
Porque las manzanas chilenas ya no compiten solo por ser buenas. Compiten por llegar.
Este análisis se basa en datos de exportación de la temporada 2025 del sector frutícola chileno y su intersección con los desafíos estructurales de la infraestructura logística nacional.