El comercio marítimo continúa siendo uno de los pilares de la economía global. Según organismos internacionales vinculados al transporte y al comercio, cerca del 80 % de las mercancías que circulan en el mundo se transportan por mar. Esta realidad convierte a los puertos en infraestructuras esenciales para el funcionamiento del comercio internacional, pero también en activos estratégicos que influyen en la política y la geopolítica global.
En los últimos años, América Latina se ha transformado en uno de los escenarios donde esta dinámica se vuelve más visible. La creciente presencia de empresas chinas en proyectos portuarios de la región ha despertado interés económico, pero también preocupación política, especialmente en Estados Unidos. El resultado es una competencia silenciosa por infraestructura, rutas comerciales y capacidad logística.
El crecimiento del comercio exterior chino ha sido uno de los factores determinantes en esta transformación. Desde 2009, China es la mayor potencia exportadora del mundo. Este liderazgo ha impulsado la expansión de su presencia en redes marítimas internacionales, tanto mediante la construcción de nuevos puertos como mediante la adquisición de participaciones en terminales existentes.
Durante las últimas dos décadas, compañías vinculadas al gigante asiático han participado en decenas de proyectos portuarios en América Latina y el Caribe. Estos proyectos incluyen ampliaciones de instalaciones, financiamiento para modernización de infraestructuras y construcción de nuevos complejos logísticos. Algunos centros de investigación estadounidenses estiman que más de treinta puertos de la región cuentan con algún tipo de participación de empresas chinas.
Uno de los casos más representativos es el megapuerto de Chancay, en la costa de Perú. El proyecto, impulsado con fuerte inversión china, busca convertirse en un punto clave para el comercio entre América del Sur y Asia. Sus promotores señalan que permitirá reducir significativamente los tiempos de transporte entre ambos continentes y aumentar la eficiencia logística de las exportaciones regionales.
Para países latinoamericanos, iniciativas como esta pueden representar oportunidades económicas importantes. La modernización portuaria facilita la exportación de materias primas, productos agrícolas y recursos energéticos, al mismo tiempo que puede atraer nuevas inversiones industriales y logísticas. Además, la mejora de la infraestructura reduce costos de transporte y fortalece la competitividad de las economías regionales en los mercados internacionales.
Sin embargo, el crecimiento de esta presencia también genera debate político. En Washington existe preocupación por la posibilidad de que la influencia económica china sobre infraestructuras estratégicas pueda traducirse en mayor capacidad de presión o presencia geopolítica en el hemisferio occidental. Para Estados Unidos, los puertos no son solo centros comerciales, sino también puntos de relevancia estratégica vinculados a la seguridad y al control de rutas marítimas.
Chile tampoco está exento de esa realidad. A la crisis por la instalación del cable de comunicaciones con los chinos, se une la reciente decisión de suspender el trámite licitatorio de la ampliación del puerto de San Antonio donde había mucho interés del gigante asiático por invertir.
Este contexto ha llevado a que algunos analistas hablen de una nueva competencia global basada en infraestructura. A diferencia de las rivalidades del pasado, centradas principalmente en poder militar, la disputa actual se manifiesta a través de inversiones, redes logísticas y proyectos de transporte. Puertos, ferrocarriles, carreteras y corredores comerciales forman parte de un sistema que determina cómo circulan los bienes, la energía y los recursos estratégicos.
América Latina ocupa una posición relevante en esta ecuación. La región posee importantes reservas de minerales, alimentos y materias primas demandadas por las economías industriales. Además, su ubicación geográfica la convierte en un punto de conexión entre los océanos Atlántico y Pacífico y entre los mercados de Asia, Norteamérica y Europa.
La creciente competencia entre las dos mayores economías del mundo plantea, sin embargo, un desafío para los países latinoamericanos. Muchos gobiernos buscan mantener relaciones comerciales fluidas tanto con China como con Estados Unidos. Mientras el país asiático se ha consolidado como uno de los principales socios comerciales de varias economías regionales, Estados Unidos continúa siendo un actor clave por su cercanía geográfica, su peso financiero y su influencia histórica.
En este contexto, varios expertos coinciden en que la región intenta evitar una elección exclusiva entre ambas potencias. Para muchas economías latinoamericanas, la prioridad es aprovechar las oportunidades de inversión y comercio que ofrecen ambos actores, sin quedar atrapadas en una confrontación geopolítica.
Las próximas décadas podrían intensificar esta competencia. El crecimiento del comercio internacional, la demanda global de recursos naturales y la transformación de las cadenas logísticas harán que la infraestructura marítima continúe siendo un elemento central en la economía mundial.
En ese escenario, los puertos de América Latina no solo funcionarán como puertas de entrada y salida de mercancías. También serán espacios donde se refleje el equilibrio de poder entre las grandes economías del planeta y donde se definan, en parte, las rutas del comercio global del siglo XXI.