La industria frutícola de Chile completó en 2025 e inicios 2026 su mejor temporada exportadora de la historia. Según datos del Banco Central, los envíos del sector superaron los US$ 8.600 millones, consolidando a la fruticultura como el segundo motor exportador del país, inmediatamente después del cobre. El resultado no solo confirma una tendencia de crecimiento sostenido, sino que establece un punto de inflexión: por primera vez, Chile exportó más de tres millones de toneladas de fruta fresca en una sola temporada.
El logro se produce en el marco de un año exportador excepcional para Chile en términos generales. De acuerdo con la Cámara Aduanera, el país superó los 107.000 millones de dólares en exportaciones totales durante 2025, con un crecimiento cercano al ocho por ciento respecto del ejercicio anterior. La fruticultura aportó una fracción significativa de esa cifra y lo hizo, además, con la particularidad de que su crecimiento estuvo traccionado tanto por la fruta fresca como por el segmento agroindustrial. Este último registró un alza del 33% en valor, alcanzando los US$ 3.392 millones, con frutos secos, productos congelados y jugos a la cabeza del dinamismo.
Las especies que mueven el mercado
Las cerezas volvieron a liderar la canasta exportadora. Entre septiembre de 2025 y enero de 2026, esta fruta concentró el 66% del valor de la fruta fresca exportada, con envíos que bordearon los US$ 2.465 millones FOB y 541 mil toneladas, siendo China el destino dominante con más del 90% de los volúmenes. Le siguieron los arándanos, con fuerte presencia en el mercado estadounidense, neerlandés y alemán; las paltas, que crecieron un 11% en valor y cuyas exportaciones alcanzaron los US$ 345 millones en el período; y los kiwis y manzanas, con Europa como principal receptor.
La distribución geográfica de los envíos refleja una estrategia de diversificación que el sector lleva años construyendo. El Lejano Oriente absorbió el 32% del total exportado, pero mercados como India y el Sudeste Asiático muestran un apetito creciente por la fruta chilena. Estados Unidos y Europa mantienen su relevancia, especialmente para arándanos, uvas de mesa y frutas de pepita. Chile cuenta hoy con 31 tratados de libre comercio que le permiten acceder a más de 60 países, una red que facilita condiciones arancelarias ventajosas y que los agentes del comercio exterior han aprendido a utilizar con precisión.
La cadena detrás del cajón de fruta
Exportar fruta no es solo cosechar y embarcar. Es un proceso que involucra a decenas de actores especializados y que exige coordinación milimétrica entre productores, plantas de packing, transportistas, navieras, organismos públicos y operadores de comercio exterior. En ese engranaje, los agentes de aduana cumplen una función que suele pasar inadvertida para el consumidor final, pero que resulta determinante para que cada embarque llegue a destino en tiempo y forma.
El agente de aduana es, por definición legal, un auxiliar de la función pública aduanera habilitado por el Servicio Nacional de Aduanas para representar a terceros en el despacho de mercancías. Su contratación es obligatoria en Chile para exportaciones que superen los dos mil dólares, lo que en la práctica hace de estos profesionales actores presentes en la totalidad de los envíos frutícolas del país. Su trabajo comienza antes de que el contenedor llegue al puerto: revisan la documentación, verifican la clasificación arancelaria de cada producto, coordinan los certificados fitosanitarios emitidos por el SAG y preparan la declaración de exportación con los datos que la autoridad aduanera exige para autorizar la salida de la mercancía.
Cualquier error en esa declaración —un código arancelario incorrecto, una descripción imprecisa del producto, una inconsistencia entre el peso declarado y el real— puede traducirse en demoras, multas o incluso en la retención del embarque. En un negocio donde los tiempos de frío son críticos y los contratos internacionales tienen fechas de entrega inamovibles, ese tipo de contratiempos puede costar caro. Por eso, los exportadores frutícolas trabajan con agentes especializados en productos perecibles, que conocen los protocolos de cada mercado de destino y que actúan, según la ley, con carácter de ministros de fe respecto de la información que declaran.
Empleo, marca país y mirada al futuro
Más allá de las cifras de comercio exterior, la fruticultura tiene un peso social que pocas industrias pueden igualar en Chile. El sector genera más de 600 mil empleos directos y beneficia a más de dos millones de personas, con fuerte presencia en regiones como O’Higgins y el Maule, que concentran el 51,5% de la superficie frutera nacional. Frutas de Chile, entidad gremial que reúne a exportadores y productores y que representa más del 90% de la fruta fresca que sale del país, subraya que este crecimiento ha sido posible gracias a la articulación entre el sector público y el privado, y al capital humano que sostiene la operación en cada etapa de la cadena.
El reconocimiento internacional de la fruta chilena por su calidad, inocuidad y sustentabilidad es también un activo de marca país que va más allá del valor económico inmediato. En mercados tan exigentes como el chino o el europeo, donde los consumidores fiscalizan cada vez más el origen y las condiciones de producción de los alimentos que compran, la reputación de Chile como proveedor confiable tiene un valor estratégico que ninguna cifra de exportación captura del todo.
De cara a 2026, las proyecciones apuntan a un crecimiento más moderado pero sostenido. La temporada 2025-2026 ya mostraba, entre septiembre y enero, exportaciones por US$ 5.189 millones FOB, con un alza del 10% respecto al período anterior. Los desafíos no son menores: la dependencia del mercado chino para las cerezas, la presión del cambio climático sobre la disponibilidad de agua, la competencia creciente de otros países productores y la necesidad de fortalecer la institucionalidad sanitaria del SAG son temas que la industria discute con creciente urgencia. Pero los números de 2025 demuestran que el sector tiene músculo para enfrentar esos retos desde una posición de fortaleza.