La disputa entre Estados Unidos y China por influencia económica y tecnológica en América Latina ha escalado en febrero de 2026 con un episodio que involucró directamente a Chile. El Departamento de Estado estadounidense impuso restricciones de visa a tres autoridades vinculadas al sector de telecomunicaciones, argumentando que determinadas decisiones relacionadas con infraestructura crítica podrían afectar la seguridad regional. La medida generó una inmediata respuesta del gobierno chileno, que la calificó como una acción que interfiere en decisiones soberanas.
El trasfondo del conflicto se vincula al proyecto de cable submarino transpacífico que conectaría Valparaíso con Asia. Esta iniciativa fue anunciada en 2018 por el entonces presidente Sebastián Piñera como parte de una estrategia para transformar a Chile en un hub digital entre Sudamérica y el Asia-Pacífico. En su momento, el proyecto fue presentado como una apuesta por la integración tecnológica, el fortalecimiento del comercio electrónico y la reducción de la latencia digital con los mercados asiáticos.
Sin embargo, el contexto internacional ha cambiado. La actual administración estadounidense ha reforzado su política de contención frente a la influencia china en infraestructura estratégica, incluyendo puertos, telecomunicaciones y minerales críticos. En ese marco, proyectos con participación o conexión hacia Asia son observados bajo un prisma de seguridad nacional.
Este escenario no solo tiene implicancias diplomáticas. También genera interrogantes concretas para el comercio exterior chileno. China es el principal socio comercial de Chile y concentra una parte significativa de las exportaciones de cobre, además de productos agroindustriales y forestales. Estados Unidos, por su parte, continúa siendo un mercado relevante, un socio en inversión extranjera y un actor clave en cadenas de suministro de alto valor tecnológico.
La creciente clasificación del cobre como mineral estratégico por parte de Estados Unidos añade una capa adicional de complejidad. El cobre es esencial para la transición energética, la electromovilidad, la inteligencia artificial y la industria de defensa. Aunque no existen sanciones directas sobre exportaciones chilenas, la posibilidad de reconfiguraciones en las cadenas de suministro internacionales obliga a anticipar escenarios.
El sector exportador chileno enfrenta, por tanto, un entorno más exigente. La primera adaptación necesaria es la diversificación de mercados. Reducir la concentración excesiva en un solo destino permite mitigar riesgos geopolíticos. Ampliar presencia en el sudeste asiático, India, Europa y Medio Oriente puede fortalecer la resiliencia comercial.
En segundo lugar, será fundamental robustecer el cumplimiento normativo y la trazabilidad. En un entorno donde la seguridad y el origen de los insumos adquieren relevancia estratégica, contar con certificaciones claras, procesos auditables y estándares internacionales sólidos será una ventaja competitiva. Las exigencias regulatorias pueden aumentar, especialmente en sectores vinculados a minerales críticos y tecnología.
Asimismo, la gestión logística deberá incorporar análisis de riesgo geopolítico. Los exportadores deberán monitorear posibles cambios arancelarios, restricciones indirectas o modificaciones en acuerdos bilaterales. La planificación financiera también deberá considerar escenarios de volatilidad cambiaria y ajustes en costos de transporte.
Para los agentes de aduana, el desafío será aún más técnico. Deberán mantenerse actualizados respecto de normativas internacionales, listas de control estratégico y eventuales modificaciones en clasificaciones arancelarias vinculadas a minerales o equipamiento tecnológico. La asesoría preventiva cobrará mayor importancia, ya que los clientes demandarán orientación clara frente a un entorno cambiante.
La digitalización de procesos aduaneros y la interoperabilidad de sistemas también se vuelve prioritaria. Un comercio exterior más complejo exige mayor velocidad en la gestión documental y capacidad de adaptación ante nuevas exigencias regulatorias. La capacitación continua en comercio internacional estratégico será clave para evitar contingencias.
Chile se encuentra en una posición delicada pero estratégica. Su red de tratados de libre comercio y su reputación como economía abierta le otorgan herramientas para navegar este escenario. No obstante, el equilibrio entre dos potencias en competencia requerirá prudencia diplomática y visión de largo plazo.
El episodio reciente no implica un quiebre inmediato en las relaciones comerciales, pero sí constituye una señal de advertencia sobre el entorno global que viene. Infraestructura digital, puertos y minerales críticos ya no son solo activos económicos; son componentes centrales de la seguridad estratégica internacional.
En este nuevo contexto, el sector exportador chileno deberá evolucionar hacia una gestión más sofisticada del riesgo, mientras que los agentes de aduana consolidarán su rol como actores técnicos esenciales en la estabilidad del comercio exterior. La adaptación no será opcional, sino parte de la nueva normalidad en un mundo donde economía y geopolítica avanzan de la mano.